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Columna de opinión

Antes de la llegada de los portugueses y de los españoles, ya éramos América Latina

En medio de la reconfiguración geopolítica del mundo, asumir nuestra identidad continental como soberanía compartida es una tarea del Estado y de la sociedad.

Por João Carlos CorrêaTraducción al español
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Arte editorial con la frase en portugués «Nós já éramos América Latina» y el mapa ilustrado del continente

La imagen editorial conserva su texto original en portugués.

En medio de la reconfiguración geopolítica que atraviesa el mundo, asumir nuestra identidad continental como soberanía compartida es una tarea del Estado y de la sociedad.

A principios de este mes de octubre, en la ceremonia de clausura de la exposición Artesanato Tradicional dos Povos Originários do Chile, en el Memorial da América Latina, el embajador de Chile en Brasil, Sebastián Depolo, pronunció un discurso contundente, que puso en valor nuestros orígenes comunes, y dejó una frase que vale como inicio y final del camino: «Antes de la llegada de los portugueses y de los españoles, ya estábamos aquí y ya éramos América Latina». No es solo una provocación elegante, sino una declaración de soberanía histórica que, en este momento de reconfiguración geopolítica, nos exige memoria, actitud y postura.

En pocas palabras, Depolo nos recuerda que la pertenencia continental no nace del bautismo colonial, sino de un proceso mucho más antiguo de convivencia, intercambio y creación compartida entre pueblos que siempre vivieron en estas tierras. Había rutas, lenguas de contacto, reglas diplomáticas establecidas y técnicas refinadas de organización social mucho antes de que apareciera cualquier bandera europea en nuestro continente. El nombre «América Latina» puede haber llegado después, pero el sentido de comunidad ya estaba aquí. Quizá lo que realmente necesitemos sea un ajuste en nuestro propio campo de visión, para dejar de vernos como figurantes de nuestra propia historia y poder asumir el protagonismo de quienes, con mucha lucha, reconquistaron el derecho a conducir su propio futuro.

Este ajuste es urgente. El mundo vive cambios acelerados, con desplazamientos en el centro del poder, nuevas alianzas y disputas en torno a los relatos. En escenarios así, quien duda sobre su propia identidad pierde voz. Nuestra fuerza, estoy seguro, vendrá de afirmar, con mucha serenidad, pero también con firmeza, que somos un pueblo continental con memoria propia, con tradiciones compartidas y con el derecho a hablar por sí mismo. La palabra adecuada aquí es soberanía: el libre ejercicio de decidir nuestros caminos sin subordinar nuestra visión a las agendas de fuera, sin negar el diálogo, pero rechazando la tutela.

Volviendo a la ceremonia de clausura de la exposición de artesanía tradicional presentada por Chile en São Paulo, puedo decir que su temática nos dice mucho sobre esta percepción identitaria. Cada pieza lleva consigo decisiones estéticas, técnicas y éticas, conocimientos centenarios transmitidos entre generaciones y un ejemplo claro para todos nosotros de cómo relacionarnos con la naturaleza y con nuestros vecinos. No es un recuerdo turístico, es cultura, inteligencia aplicada, identidad afirmada en el gesto y en la materia. Al acoger esta exposición, São Paulo y el Memorial da América Latina reafirman la necesidad de preguntarnos siempre quiénes somos verdaderamente y cómo queremos reconocernos unos en otros, más allá de las fronteras y de las burocracias.

En esta conversación hay un capítulo que no puede olvidarse, pues el vínculo histórico entre Chile y Brasil es mayor de lo que quizá puedan percibir las nuevas generaciones. En momentos duros de nuestra historia, Chile fue un hogar para brasileños perseguidos y, en otros, nosotros pudimos acoger a chilenos que buscaban empezar de nuevo. La reciprocidad y la solidaridad no son gestos ocasionales o aleatorios, son una práctica política de confianza mutua. Cuando el embajador reaviva el recuerdo de una América Latina anterior al colonizador, también revalida ese pacto de cuidado entre naciones hermanas, que no depende de los gobiernos de turno, sino de una conciencia transgeneracional de destino común.

Es en este punto donde entra la responsabilidad del Memorial da América Latina, que nació precisamente con la misión de ser un lugar de integración e intercambio, una casa pública donde culturas, saberes y experiencias se encuentran con dignidad. En una nueva lectura, podemos traducir hoy esa misión como la de conectar países y pueblos mediante la recuperación, la producción y la difusión de la cultura y del conocimiento, sosteniendo la diversidad como valor, la unión como meta, la justicia como criterio y la colaboración como método. En otras palabras, hacer de nuestra vida cotidiana una diplomacia cultural que no depende de firmas o contratos y que prepara el terreno para que las relaciones de Estado encuentren una base social sólida.

Al mirar hacia adelante, el Memorial mantiene un deseo, una voluntad a la altura del desafío: ser reconocido como patrimonio cultural, material e inmaterial, de la humanidad y como memoria viva de nuestra región. Traducimos este sentimiento en el cuidado de nuestros acervos y, al mismo tiempo, en el esfuerzo por ser capaces de garantizar voz, visibilidad y acogida a quienes la historia dejó en los márgenes, como los pueblos originarios, las comunidades afrolatinoamericanas, las mujeres, los migrantes, las poblaciones de las periferias y los creadores que reinventan la vida cotidiana sin pedir permiso. Además de preservar, es necesario servir de plataforma para que nuevas narrativas surjan de este crisol cultural y disputen el centro.

Este trabajo puede verse en nuestras decisiones editoriales, curadurías y en la acogida que brindamos, todo ello coherente con nuestra identidad continental. Sabemos que necesitamos trabajar aún más para garantizar en nuestros espacios temporadas temáticas que acerquen países, residencias que reúnan a maestros tradicionales y jóvenes artistas, encuentros que pongan lado a lado ciencia y cultura, publicaciones que circulen en portugués y español, programas educativos que lleven a las escuelas públicas a una experiencia directa con la diversidad latinoamericana. Esto forma parte de reconocer que somos un solo pueblo en muchas voces y que corresponde a nuestras instituciones crear las condiciones para que esas voces se escuchen y se fortalezcan mutuamente.

No se trata de borrar las diferencias, sino todo lo contrario. Se trata de dar forma a un nosotros que sepa convivir con ellas sin jerarquizarlas. Si hubo tiempos en que nos dijeron que la unidad dependía de la uniformidad, aprendimos lo contrario con nuestras propias trayectorias. La unidad se construye con respeto, con escucha y con la certeza de que cada territorio tiene algo que enseñar a los demás. El Memorial, por su naturaleza y ubicación, tiene vocación de ser el punto de encuentro de este aprendizaje permanente, como un lugar donde el diálogo no es una ceremonia, sino una práctica; donde la diplomacia cultural se da a través de la experiencia compartida y donde la hospitalidad, aprendida en las crisis, se convierte en regla.

Volvamos a la frase del embajador Depolo, porque puede parecer una cita de ocasión para los desprevenidos, pero para quienes estaban presentes en aquella ceremonia —cónsules, autoridades estatales y municipales y representantes de instituciones de gran relevancia en nuestro país— sonó como un llamado a nuestro compromiso. Si ya éramos América Latina antes de Portugal y España, entonces nuestra lealtad es con esta tierra y con las personas que la hacen existir, con cada artista de esta escena como protagonista de una historia que todos compartimos. Es esa lealtad la que nos da ánimo y aliento para atravesar los cambios globales sin perder el eje. Es ella la que legitima nuestro derecho a la soberanía. Es ella la que orienta al Memorial a ser más que un conjunto de edificios en São Paulo y a trabajar como agente de conciencia colectiva.

El mundo seguirá girando con nuevas alianzas y presiones. Nuestra responsabilidad es no delegar nuestra propia voz. Al acoger a Chile y a tantos países hermanos que acuden a nosotros diariamente, y al recibir de ellos el mismo trato, reafirmamos que somos parte unos de otros. El Memorial seguirá trabajando todos los días para que esta verdad sea visible, audible y vivida, hasta que ya no necesite ser recordada en discursos, porque estará clara en la forma en que nos tratamos y nos reconocemos.

Autor

João Carlos Corrêa

Investigador de la USP y del IDP, gestor y periodista cultural.

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