El Memorial da América Latina y el Parlamento Latinoamericano en São Paulo
Entre la integración y la discontinuidad, la trayectoria de la sede del Parlatino ayuda a comprender cómo la integración regional depende de la continuidad institucional y de una política de Estado.

La ilustración editorial se conserva en su versión original.
Quien visita el Memorial da América Latina inevitablemente queda cautivado por un gran edificio negro de fachadas espejadas, imponente y de innegable belleza arquitectónica, erigido frente al Pavilhão da Criatividade y a la Praça das Sombras, y que guarda una historia poco recordada de la integración regional.
Hoy, el edificio alberga la Secretaria dos Direitos da Pessoa com Deficiência do Estado de São Paulo y un importante museo, el Museu da Inclusão. Lo que quizá no sea de conocimiento general es que fue proyectado y construido entre 1991 y 1992 para albergar permanentemente el Parlamento Latinoamericano en Brasil, y que fue efectivamente ocupado para ese fin el 17 de julio de 1993. Concebido por Niemeyer, se convirtió en el corazón legislativo de la integración regional dentro del complejo arquitectónico del Memorial, y así permaneció hasta finales de 2007.
Para entender por qué São Paulo albergó el Parlatino y los motivos por los que su sede permanente fue trasladada a Panamá años después, es necesario volver a un ciclo histórico más amplio. Desde la Constitución de 1988 hasta nuestros días, la historia nos muestra cuánto depende el liderazgo regional de la planificación a largo plazo, la continuidad institucional y la política de Estado.
Antes, es importante explicar mejor de qué estamos hablando aquí, pues la noción de integración latinoamericana no siempre resulta clara para todos, principalmente para nosotros, los brasileños, que, en su mayoría, no nos percibimos como latinos. Podemos definirla como un movimiento político, económico y cultural que busca fortalecer los lazos entre los países de América Latina y el Caribe para afrontar desafíos comunes y aumentar la relevancia de la región en el escenario global. Se trata del intento de acercar a países que comparten herencias históricas, desigualdades estructurales y desafíos comunes para construir formas duraderas de cooperación. Esto se manifiesta en la política, cuando los Estados articulan posiciones e instituciones; en la economía, cuando buscan ampliar mercados, infraestructura y capacidad de negociación; y en la cultura, cuando promueven la circulación de ideas, el reconocimiento mutuo y la conciencia de pertenencia.
En Brasil, este horizonte cobró fuerza en el proceso de redemocratización. La Constitución de 1988 establece que la República buscará la integración económica, política, social y cultural de los pueblos de América Latina, e inscribió ese objetivo en el propio diseño del país que salía de dos décadas de régimen autoritario. Ya en aquel momento había allí una clara señal de reposicionamiento histórico.
Es en ese mismo ciclo histórico cuando surge el PROLAM —Programa de Pós-Graduação em Integração da América Latina de la Universidade de São Paulo (USP)—. Al instalar, en el seno de la principal universidad del país, un centro dedicado a pensar la región de manera sistemática, São Paulo pasaba a albergar también una inteligencia institucional sobre la integración latinoamericana.
Poco después, en 1989, se inaugura el Memorial da América Latina. Su creación, durante el gobierno de Orestes Quércia, se presentó como un hito institucional de afirmación latinoamericana en São Paulo. El Memorial nacía como política pública orientada al intercambio entre los pueblos latinoamericanos y a la afirmación, en São Paulo, de un espacio permanente de encuentro, reflexión y visibilidad regional. Vista en secuencia, esa trayectoria formada por la Constitución de 1988, el PROLAM y el Memorial sugiere un momento en el que Brasil estaría dispuesto a pensar la región, estudiarla, representarla y dialogar con ella con ambición de liderazgo.
Esta línea adquiere nitidez en 1992, durante el gobierno de Luiz Antonio Fleury Filho, cuando el Estado de São Paulo formaliza jurídicamente el acuerdo que establece la sede del Parlamento Latinoamericano en un edificio especialmente construido en el Memorial para ese fin. El gesto tenía un evidente peso político. Después de afirmar la integración como principio constitucional, de crear un programa académico de posgrado dedicado a reflexionar sobre América Latina y de instituir un equipamiento público concebido para estrechar los lazos continentales, São Paulo pasaba a albergar también una instancia parlamentaria regional.
El Parlatino, al fin y al cabo, está vinculado a la defensa de la democracia, la cooperación y el diálogo entre los países de América Latina y el Caribe. Tenerlo en São Paulo significaba anclar en Brasil una parte importante de la arquitectura política regional. Significaba, también, reunir en un mismo eje la norma constitucional, la producción de pensamiento, la infraestructura cultural y la representación parlamentaria latinoamericana.
Es importante destacar que, pese a ocupar un espacio físico en su complejo arquitectónico, la Fundação Memorial no tenía injerencia en el rumbo ni en la actuación política del Parlatino. El esquema institucional preveía apoyo material, interlocución administrativa y mediación estatal, preservando la independencia del organismo. Aun así, albergarlo tenía un valor incuestionable. No solo por el prestigio, sino por lo que ello proyectaba en términos de centralidad brasileña en el debate de la integración regional desde São Paulo. Sin embargo, esa trayectoria no se sostuvo.
En 2007, durante el gobierno de José Serra, el Estado retiró el apoyo a la permanencia del Parlatino en el Memorial y ordenó desocupar el edificio. En aquel contexto, el argumento administrativo presentado giraba en torno al destino del espacio y los costes de mantenimiento, incluso ante el llamamiento parlamentario y el del propio Itamaraty para mantener la sede en São Paulo. Considerada de manera aislada, la alegación administrativa puede parecer pragmática, pero, vista en perspectiva, hizo que lo que antes se había tratado como un poderoso activo de presencia regional pasara a leerse bajo la lógica inmediata de la gestión corriente. Una construcción estratégica de Estado fue despolitizada y relegada a la condición de asunto administrativo.
Panamá percibió rápidamente la oportunidad abierta por la discontinuidad brasileña. Ya en 2007 firmó el acuerdo de sede con el Parlatino y acogió de manera definitiva a la institución. El contraste entre las dos posturas es nítido y la diferencia de percepción llega a ser abismal. Por un lado, la discontinuidad brasileña. Por otro, la comprensión panameña de que albergar una institución regional significaba ampliar la relevancia política, la presencia diplomática y la visibilidad continental.
En un discurso oficial, el entonces presidente de la Asamblea Nacional de Panamá, Elías Castillo, afirmó que conseguir la sede permanente del Parlatino significaba llevar al país cerca de mil parlamentarios por año, situar a Panamá en el centro de los grandes debates políticos del hemisferio y, además, generar beneficios para la economía nacional. Esta es, quizá, la formulación más clara del cálculo político panameño.
Tras la salida del Parlatino, se llegó a anunciar que el edificio se destinaría a un centro de convenciones, orientado a eventos, congresos y actividades artístico-culturales, más vinculadas a la vocación natural del Memorial. Se especuló mucho y se esperaba algo en esa línea, pero el gobierno del Estado tomó otra dirección, y el edificio acabó ocupado por la entonces recién creada Secretaria dos Direitos da Pessoa com Deficiência do Estado de São Paulo, que sigue instalada allí hasta hoy.
El episodio dice mucho sobre Brasil, la integración latinoamericana y la gestión de políticas públicas. Durante el ciclo de redemocratización brasileña, parecía estar claro que el liderazgo regional iba mucho más allá del análisis del peso económico o de las declaraciones diplomáticas, y de que exigiría centros de pensamiento, instituciones permanentes, equipamientos públicos de interlocución continental y capacidad para sostener, en el tiempo, una presencia organizada en América Latina. El PROLAM, el Memorial y la sede del Parlatino, vistos en secuencia, prácticamente conforman la línea institucional de esa ambición. Casi se hizo realidad, pero faltó continuidad a la visión inicial.
Un punto delicado cuando se habla de integración regional en Brasil es que el país reconoce frecuentemente la importancia simbólica del proyecto, pero no siempre preserva ni siquiera proporciona las condiciones de permanencia y sostenibilidad a las estructuras que le garantizarían consistencia histórica. Sin continuidad, la integración deja de ser política de Estado y pasa a depender de las prioridades estacionales de cada gobierno. En esa transición, la integración pierde densidad y capacidad para producir efectos duraderos.
Cuando me preguntan cuál es el papel del Memorial da América Latina en esta historia, pienso precisamente en eso. El Memorial es uno de los grandes hitos de ese momento histórico en el que Brasil intentó dar forma pública a su vocación latinoamericana. Nace en el mismo ambiente político e intelectual que elevó la integración al plano constitucional y que permitió la creación, en São Paulo, de un programa universitario dedicado a pensar la región de manera sistemática. Su historia se cruza con ese esfuerzo por construir presencia, interlocución y permanencia.
Cabe observar, además, que este ciclo de integración se concibió a partir de iniciativas estatales e institucionales concentradas en São Paulo y en el Estado brasileño. Esa perspectiva presuponía a Brasil como polo natural del liderazgo regional. En cierta medida, la América Latina que esas instituciones construían tenía un centro implícito, y ese centro era Brasil. Preguntar por qué no echó raíces más profundas exige también preguntar de qué integración se trataba.
Para explicarlo mejor, estas iniciativas nacieron de decisiones estatales y no de una demanda social organizada. Esto les dio fuerza para su implantación, pero también las dejó más expuestas a la discontinuidad cuando faltó un apoyo político prolongado. Básicamente, la integración latinoamericana, en Brasil, fue tratada como política de Estado sin haberse convertido jamás en un proyecto de sociedad. Esto ayuda a explicar por qué la salida del Parlatino no generó una movilización significativa y por qué el nuevo destino del edificio se produjo sin mayor oposición pública.
El Parlatino sigue siendo un importante organismo promotor de la cooperación parlamentaria en la región. Su trayectoria muestra que instituciones de esta naturaleza dependen de un apoyo concreto, de continuidad institucional y de una decisión de Estado. Cuando São Paulo retiró el apoyo a su permanencia en el Memorial, se abrió una ventana que Panamá supo interpretar con rapidez. Al acoger la sede permanente del Parlamento, el país percibió allí una oportunidad de ampliar su proyección regional y ocupar un espacio político que Brasil dejó de sostener. Vista en perspectiva, la decisión de 2007 debe leerse más allá de lo administrativo. Representó también la renuncia a un activo estratégico de centralidad brasileña en el debate de la integración latinoamericana.
Quizá la reflexión más importante resida en la percepción de que los países ocupan un lugar de referencia regional cuando movilizan la capacidad de crear y acoger instituciones, preservarlas y actualizarlas a lo largo del tiempo. El protagonismo, cuando es meramente puntual, se convierte en un asunto secundario, relegado a un rincón oscuro de la historia.
João Carlos Corrêa
Investigador de la USP y del IDP, gestor y periodista cultural.
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